Violencia y nuevas tecnologías

El acoso, como todo, se adapta a los tiempos. Casi sin darnos cuenta nos topamos con la realidad de que las formas de control se adaptan a las nuevas tecnologías con pasmosa facilidad. Ocurre que en infinidad de ocasiones, cuando pensamos en el maltrato nos centramos en ese que ocurre de manera cotidiana entre las parejas que están casadas o conviven juntos. Es decir, de manera inconsciente nos centramos en el acoso en parejas consolidadas y adultas y obviamos inconscientemente el que ocurre en las personas más jóvenes.

A saber, los adolescentes presentan un índice de malos tratos alarmante que nos lleva a plantearnos la efectividad real de las campañas de concienciación y sensibilización. Es posible que debamos replantearnos la prevención y tengamos que abordarla desde otro punto de vista, pero éste es otro tema. La semana pasada, en el marco del 9º Congreso Jurídico de la Abogacía Malagueña, celebrado en Marbella, la fiscal de la Fiscalía de Menores de Málaga, María Teresa Soriano, habló del uso (o del mal uso) de las nuevas tecnologías como medio para ejercer amenazas y malos tratos, refiriéndose al caso de la difusión de imágenes comprometedoras. A saber, en ocasiones, en las parejas formadas por adolescentes, el chico hace fotos o vídeos a la chica en las que ésta aparece desnuda o en una situación comprometida. O ella se las envía, tanto da. Entonces, cuando ella trata de dejarle o hay una disputa entre ambos, el chico la amenaza con difundir esas imágenes entre todos sus amigos y conocidos y, por supuesto, familiares, con lo que consigue o bien retenerla en la relación o bien causarle un perjuicio claro (ya que en infinidad de ocasiones las amenazas se cumplen).

Evidentemente, ésta es forma de control que ya existía con anterioridad pero que ahora se extiende a otros grupos de edad debido a la extensión de los dispositivos móviles. Igualmente alarmante resulta la aparición y difusión de supuestas aplicaciones que te permiten comprobar dónde se encuentra tu pareja (me viene a la cabeza cierto anuncio con el que nos bombardearon durante una época en televisión). Y lo último, claro está, es el acoso a través del WhatsApp.

Hoy mismo aparece una noticia en el Diario Sur (http://www.diariosur.es/v/20131025/malaga/detenido-acosar-exnovia-hasta-20131025.html) en la que se explica la detención de un joven de 19 años que enviaba hasta 50 mensajes diarios a su exnovia a través de la aplicación móvil insultándola y amenazándola.  Algo parecido ocurre en redes sociales como Facebook o Tuenti. Es preciso que prestemos atención a estas nuevas herramientas, porque su desconocimiento o su omisión puede llevarnos a omitir partes importantes de la historia y pruebas cruciales para defender a una persona.

Sobre aquello de que las mujeres también agreden

Una de las polémicas más sonadas en la sociedad es la que concierne al hecho de la violencia que la mujer ejerce sobre el hombre. De hecho, uno de los discursos más reaccionarios por parte del patriarcado (hombres y mujeres) es especificar que las mujeres también son malas, pegan y matan.

Por supuesto, hay mujeres que también maltratan. La violencia no es patrimonio exclusivo de los hombres. Hay malos tratos de mujeres a mujeres (de una madre a su hija, por ejemplo, o de una hija a su madre) e igualmente de mujeres a hombres. Sin embargo, en primer lugar, esta violencia es inferior numéricamente hablando. Y, en segundo lugar, estas agresiones no están sustentadas por todo un sistema patriarcal que predispone a los hombres a ejercer dominación y a las mujeres a aceptar todo tipo de degradaciones sin más. Al contrario de lo que ciertos grupos sociales tratan de hacer entender, la agresión a la mujer no es un hecho aislado. La agresión de una mujer a un hombre, por el contrario, sí.

Por otro lado, y como ya se ha explicado en otras partes de este blog, en no pocas ocasiones la violencia perpetrada de la mujer al hombre es defensiva o provocada por la desestabilización de éste.

Con todo, esto no quiere decir que la violencia de las mujeres a los hombres sea menos grave, pero debe hacernos pensar cómo la sociedad nos obliga, por activa o por pasiva, a magnificar la violencia perpetrada de mujeres a hombres y a minimizar hasta casi hacer insignificante la perpetrada de hombres a mujeres.

La otra gran polémica es la de las denuncias falsas, hecho que saltó a la palestra recientemente de la mano de unas declaraciones de un político de UPyD. Que haya mujeres que acusen falsamente a sus maridos de violentos es una realidad que no se puede negar: las hay, igual que hay quienes acusan falsamente de robo o de abuso. No obstante, según los datos de la Memoria Anual de la Fiscalía, en 2012 el porcentaje de denuncias por violencia de género falsas fue del 0,0038%. En 2011, del 0,0030 por ciento y en 2010 del 0,0037 por ciento.  Desde luego no es una cifra representativa. Mucho más importantes son las denuncias falsas por otros delitos. ¿Qué es lo que hace que las denuncias falsas en este caso sean tan importantes? Nuevamente se trata de magnificar las agresiones de mujeres a hombres y minimizar la que ejercen los hombres contra las mujeres.

Algunos apuntes sobre los agresores

La socialización basada en el aprendizaje de los roles sexuados concede a los hombres una posición de poder y autoridad.

La violencia es una conducta aprendida, adquirida a través de los procesos de socialización del individuo. A pesar de que muchas teorías han tratado de dotar a los agresores de características “innatas” o inevitables que les conducían a perpetrar la violencia, la realidad es que la conducta violenta es aprendida en la inmensa mayoría de los casos, máxime cuando se trata de la violencia perpetrada específicamente contra las mujeres.

En no pocas ocasiones se ha aludido al alcohol o a las drogas para explicar la conducta de los agresores. Muchos solo pegan a sus mujeres cuando están bajo los efectos del alcohol. Esto no significa que el responsable de estas conductas sea el alcohol, sino que los agresores se desinhiben bebiendo puesto que sobrios, aunque lo desean, no son capaces de pegarles a sus mujeres. Asimismo, no deja de ser curioso de que se alegue que el responsable es el alcohol cuando el maltratador no agrede a nadie más. Si efectivamente se volviera agresivo cuando bebe, sería agresivo con todo aquel que se cruce en su camino, no solo con la mujer, como efectivamente sucede.

Es preciso que, para entender las relaciones de violencia, tengamos en cuenta que el agresor no es siempre agresivo ni violento y que de hecho seduce a la mujer y fomenta en ella una dependencia que desea y que al mismo tiempo le molesta. Por este motivo, la mujer duda de su percepción y busca también cambiarlo, porque ella sabe o ha conocido otra cara del agresor que le gusta, que la enamoró en muchos casos. La ambivalencia del agresor confunde y es una de sus estrategias para manipular y dominar.

Hijos de la violencia

Los hijos e hijas siempre son víctimas directas o indirectas de la relación violenta que existe entre sus padres, aunque no sean agredidos directamente. Son testigos de lo que ocurre en sus hogares. Presencian actos violentos, oyen gritos, insultos y ruidos de golpes, ven las marcas que dejan las agresiones, perciben el miedo y el estrés en su madre y están inmersos en el ciclo de la violencia descrito por Leonor Walker (tensión creciente, estallido y luna de miel).

Los niños y niñas que crecen en estos hogares se encuentran en peligro físico, puesto que a su alrededor se rompen objetos, se empuja o se hiere y en no pocas ocasiones constituyen blanco directo de las agresiones mediante las cuales el hombre hace chantaje y manipula a la mujer, puesto que ya hemos mencionado que el hombre trata de hacerle daño desde lo que ella más aprecia y valora.

Suele darse en estos niños y niñas el síndrome de estrés postraumático, debido a los altos niveles de miedo, terror, desamparo e impotencia padecidos. Se produce una reexperimentación intrusiva del trauma en forma de recuerdos o sueños, así como una fuerte reacción ante personas o situaciones que le recuerdan lo sucedido. También sufren secuelas de excitación psicológica: trastornos del sueño, irritabilidad, dificultad para concentrarse, hipervigilancia, respuestas exageradas a estímulos… Así como un modelo de evitación persistente: sentimientos de indiferencia o extrañamiento, constricción emocional, evitación de actividades recordatorias del trauma, menor interés por las actividades con las que antes disfrutaba, aislamiento…

Según Wolak y Bardury estos son algunos de los síntomas que se manifiestan en los niños y las niñas expuestos a violencia de género en el ámbito familiar:

a. Problemas físicos: retraso en el crecimiento, trastornos de la conducta alimentaria, dificultad o problemas en el sueño, regresiones, menos habilidades motoras, síntomas psicosomáticos (alergias, asma, eczemas, cefaleas, dolor abdominal…).

b. Problemas emocionales: ansiedad, ira, depresión, aislamiento, trastornos de la autoestima, estrés postraumático, proceso traumático, trastornos del apego o de la vinculación…

c. Problemas cognitivos: retraso en el aprendizaje del lenguaje y el desarrollo verbal, retraso del desarrollo cognitivo, alteración del rendimiento escolar…

d. Problemas de conducta: violencia hacia los demás, rabietas, desinhibiciones, inmadurez, déficit de atención-hiperactividad, toxodependencias en adolescentes, conductas autodestructivas…

e. Problemas sociales: escasas habilidades sociales, introspección o retraimiento, trastornos de la empatía…

Asimismo, hemos de destacar que los niños expuestos a violencia maltratan con mayor frecuencia a sus parejas cuando son adultos y las niñas son con mayor frecuencia víctimas de maltrato. De ahí la importancia de realizar una intervención con unos y otras para que puedan aprender a interpretar adecuadamente lo que han vivido y presenciado, así como proporcionarles estrategias adecuadas para la resolución de conflictos. Todo ello es vital para evitar la transmisión intergeneracional de la violencia.

Aun así, hay que tener en cuenta que no todas las personas que han sufrido violencia son agresores o víctimas de mayores ni que todos los agresores y víctimas de violencia de género han sido niños y niñas maltratados.

Normalmente, los niños y niñas que han sido víctimas de violencia de género son adultos más ansiosos, con menor autoestima, mayores niveles de depresión (sobre todo las mujeres), estrés y agresividad y una elevada probabilidad de ser toxodependientes.

Apuntes sobre la violencia psicológica

La violencia psíquica o psicológica alude a aquellos actos, actitudes y palabras destinadas a denigrar  o negar la manera de ser de otra persona y que tienen por objeto desestabilizar o herir al otro. No se trata de un desliz puntual, sino de una forma de relacionarse. Se trata de una violencia muy difícil de identificar y de demostrar y que en muchos casos se compone de microviolencias. Está compuesta de:

>>El control: del dinero, de las relaciones sociales, de la vida profesional, de las horas de sueño e incluso de los pensamientos de la mujer.

>>El aislamiento: el hombre necesita que la mujer solo se ocupe de él, por lo que la aísla de su familia y de sus amigos y le impide que trabaje. Esto, en muchas ocasiones, se realiza por imposición, pero en otras se lleva a cabo mediante técnicas manipulatorias más sutiles como insinuaciones o mentiras: “tu hermano me ha dicho que a veces te comportas como una guarra”; “tus amigos en realidad no te quieren, solo están contigo para aprovecharse de ti”.

>>Los celos patológicos: que, como hemos dicho, justifican el control.

>>El acoso: consistente en repetir incesantemente una idea hasta que la mujer llegue a creérselo. Es el caso de discusiones interminables en las que, al final, la mujer, por agotamiento, acaba cediendo.

>>La denigración: se ataca la autoestima de la persona, demostrándole que no vale nada y que no tiene ningún valor. Se expresa en forma de actitudes desdeñosas, palabras hirientes, frases despectivas, observaciones desagradables, burlas que luego apelan a la falta de humor de la otra persona, acusaciones de loca o depresiva, denigrar sus capacidades intelectuales (eres tonta, no sirves para nada, educas fatal a nuestros hijos), criticar su físico, atacar a sus valores y sus gustos… Estos ataques no tienen por qué ser abiertos y directos, pueden tratarse de subterfugios en los que aparentemente no hay gritos ni palabras malsonantes y que, por eso mismo, hacen dudar en mayor medida a la víctima sobre su criterio y su susceptibilidad.

>>Las humillaciones: rebajar, ridiculizar a la otra persona. Escupir a la cara, hacer pedorretas mientras habla la otra persona, insultos…

>>Los actos de intimidación: dar portazos, romper objetos, atacar a las mascotas y en general a todo lo que aprecie la otra persona, las amenazas abiertas, las actitudes hostiles… con el objetivo de suscitar miedo en el otro.

>>La indiferencia ante las demandas afectivas: mostrarse insensible y poco atento, ignorar sus necesidades o sentimientos, no querer hablarle, no querer acompañarla al médico, estar enfadado sin decir por qué, obligarla a que se ocupe de la casa cuando está enferma o embarazada… Esto sume a la mujer en un estado de inseguridad: se siente poco digna de ser amada.

Sobre la violencia en los medios de comunicación

La violencia de género pasó de puntillas y disfrazada por las páginas de los periódicos hasta comienzo de los años 80: normalmente, se hablaba de riña o disputa matrimonial y sólo ocupaban los breves de las páginas de Sucesos. Se contribuía así a mantener la invisibilidad un problema social que se consideraba privado.

El tratamiento informativo de la violencia contra las mujeres respondía a estereotipos como el del crimen pasional, señalándose como causas el alcoholismo, la ruptura de la pareja o la locura. El mensaje implícito es que los varones agreden por razones pasionales y románticas, es decir, “porque aman demasiado a sus mujeres”.

El punto de inflexión se produce en diciembre de 1997, cuando la sociedad española se vio conmocionada por el caso de Ana Orantes. Esta mujer acudió a un plató de televisión de Canal Sur con el fin de relatar su experiencia como víctima de malos tratos por su marido. A los pocos días su marido la roció con gasolina y la quemó viva. Muchas mujeres habían muerto anteriormente e incluso en condiciones más cruentas, pero Ana Orantes no era una mujer anónima, sino la que había contado su experiencia en televisión. Ello supuso una catarsis social en cuanto a reconocimiento de la violencia de género como realidad. Dejó de ser algo que le pasaba a otro para ser algo que le había sucedido a un rostro conocido.

Sin embargo, a pesar de la contribución que los medios de comunicación han realizado a la visibilización del problema, en no pocos casos su labor ha servido más para trivializarlo y banalizarlo mediante el tratamiento sensacionalista que se concede en los tiempos que corren a este tipo de noticias. Actualmente, multitud de noticias sobre violencia continúan calificando los asesinatos como “crímenes pasionales” o relacionados con el amor exacerbado que supuestamente el hombre sentía por la mujer y que le ha llevado finalmente a matarla “por considerarla suya”. En las noticias televisivas se da crédito a las opiniones de familiares y amigos y amigas que no dudan en alegar “que él era una persona muy normal y muy agradable”, pero en escasísimas ocasiones se da voz a algún experto o experta en violencia de género que explique que los maltratadores son, normalmente, ejemplares figuras sociales que, no obstante, sacan lo peor de sí mismos con sus esposas y con sus hijos e hijas.

Asimismo, los medios informan de las muertes como casos aislados y no como el continuo de un problema real que afecta a toda la sociedad. Se difumina la relevancia de un problema y la realidad de que millares de mujeres corren peligro de muerte en sus propias casas.

Muchas veces, además, se culpabiliza a la mujer, como si el hecho de haber sido asesinada a manos de sus parejas o exparejas fuera algo que no escapa del todo a su responsabilidad. Existe una cierta tendencia a dar demasiados detalles sobre la historia de los crímenes (detalles que en otra clase de sucesos no se dan) y que vienen a dar cobertura a la idea de “si la han matado, algo habrá hecho ella”. Las mujeres siempre están bajo sospecha, incluso cuando son las víctimas más claras.

Sobre la violencia física en una relación

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Con carácter habitual, cuando se habla de maltrato se suele pensar en el que alude al aspecto físico, entre otras cosas porque los casos de malos tratos difundidos o más impactantes suelen ser aquellos que incluyen vejaciones físicas que en algunos casos pueden llegar hasta la muerte. Sin embargo, no hay que perder de vista que el maltrato físico no es más que la punta del iceberg. Hemos de tener en cuenta varias ideas:

-El maltrato físico suele ser la última expresión de una relación de poder. Ninguna relación en la que hay violencia de género, por lo común, comienza con golpes y malos tratos físicos en primera instancia. Los golpes, las palizas, los empujones y en general cualquier tipo de maltrato físico es la parte visible de algo muy grande que no se ve.

-Para que el maltrato físico sea tolerado y aceptado por la mujer, previamente se han sentado unas bases de maltrato psicológico a través de todo tipo de vejaciones y humillaciones que anulan la voluntad de la mujer, su autoestima y que prácticamente rozan el asesinato psíquico. Es decir, si ella “tolera” que le peguen es, sencillamente, porque con anterioridad se le ha anulado y se le ha hecho creer que esos golpes son algo merecido o legítimo.

-El maltrato físico no es un factor necesario para considerar que hay violencia de género en una pareja. Las palabras y otro tipo de conductas también humillan y son mucho más limpias y difíciles de demostrar que los golpes. Habitualmente se piensa que si no hay golpes o violencia física, entonces no se puede hablar de violencia. Lo cierto es que no es necesario que se dé una agresión física para considerar la relación nociva, violenta y perjudicial para la mujer.

-La violencia física es también violencia psicológica. Una bofetada puede doler físicamente, pero el verdadero dolor es el que se produce a nivel emocional y el significado psicológico que la agresión conlleva para la víctima.

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How come, how long

Un vídeo musical que merece la pena rescatar y ver con todos sus detalles para entender la violencia.

El ideal de amor romántico

Hemos de comprender que las relaciones de pareja en las que existe violencia de género se sustentan sobre una base clara: un miembro de la pareja (el hombre) está por encima del otro (la mujer). Es, por tanto, una relación asimétrica y de poder, en la cual el hombre tiene derecho a controlar y abusar de la mujer, en tanto en cuanto ella deja de ser una persona para convertirse en una cosa, en un objeto o en una esclava cuyos deseos, sentimientos, opiniones o voluntades no tienen relevancia alguna o tienen una importancia definitivamente menor a los deseos, sentimientos, opiniones y voluntades del hombre.

Es evidente que este sistema se sostiene porque tanto unos como otras han interiorizado esta realidad como algo natural e inherente a cualquier relación. De hecho, muchas mujeres no saben que están en una relación de malos tratos porque imaginan que lo que están viviendo es lo normal, es lo que viven todas las parejas normales. El ideal romántico de relación que se vende a través del sustrato cultural (libros, películas, series, canciones) viene a sustentar una base para las relaciones de pareja totalmente insana y que favorecen el mantenimiento de la asimetría entre hombres y mujeres.

Es importante comprender que actualmente hay conceptos sesgados que pasan del imaginario colectivo a la realidad cotidiana y propia de cada pareja. Partiendo de los valores asociados al sexo masculino y al sexo femenino, existen determinadas ideas que alimentan las relaciones de poder:

>>Los celos son deseables. Según la sabiduría popular, cuando un hombre se muestra celoso con la mujer y toma la determinación de controlar su forma de vestir o sus relaciones, es porque la quiere y tiene miedo a perderla. Por supuesto, la mujer debe rendir cuentas de absolutamente todo lo que hace al cabo del día, responder a las llamadas incesantes al teléfono móvil (que no tienen otro fin que el de estar presente, controlar, saber en todo momento qué está haciendo la mujer y con quién está), dejar de hablar con otros hombres y dejar de ponerse lo que él considera ropa provocativa.

>>La dependencia es condición indispensable del amor. Las mujeres deben encontrarse atadas en el más amplio sentido de la palabra a los hombres, en tanto en cuanto no pueden hacer nada si no es contando con él. De este modo, es frecuente que mientras que él tiene libertad para tomar sus propias decisiones y construir una vida aparte de la pareja, ella deba volcarse en extremo en la relación, de manera que su vida por entero, incluidos sus pensamientos, deben erigir como centro al hombre; y más que el hombre, su bienestar, hacerle feliz y no contradecir en lo más mínimo sus deseos y voluntades. Así, hacerlo todo con tu pareja, contárselo todo a tu pareja, morirse por alguien o por el amor de alguien (como nos enseñan numerosas canciones de amor y desamor) y, en suma, no albergar el menor indicio de vida independiente e individual son algunos de los pilares que sustentan las relaciones asimétricas entre hombres y mujeres y que se utilizan para justificar el mecanismo de control que ellos ejercen sobre ellas.

>>El sacrificio. A las mujeres se las enseña a llevar el peso de las relaciones, a que asuman que el éxito o el fracaso de la relación depende de ellas. Por este motivo, es muy frecuente que sientan que deben aguantar, por el bien de la relación, y que deben perdonar. Tienden a justificar esta situación culpándose de lo acaecido en el seno de la pareja y liberando al hombre de cualquier responsabilidad mediante todo tipo de excusas: “no sabe lo que hace”, “lo está pasando muy mal”, “estoy sacando las cosas de quicio y tampoco es para tanto”, “hay que aguantar, porque todo el mundo comete errores y el amor es sacrificio”… Las mujeres, además, están culturalmente obligadas sacrificarse hasta la extenuación en el caso de que haya hijos, por lo que son ellas las que asumen prácticamente el cien por cien de las responsabilidades familiares. Por tanto, si algo va mal en la familia, ha de ser forzosamente culpa de ella.

>>La entrega. Mientras que los hombres tienen derecho a recibir todo el amor por parte de las mujeres, sus cuidados y su dedicación, ellas sólo tienen derecho a entregarse por completo. Así, los hombres se apropian de la fuerza, energía, vitalidad y afecto de las mujeres. Los hombres no se entregan; es más, se entiende que son sexuales y, por tanto, en ellos la infidelidad está definitivamente justificada. Las mujeres no follan, hacen el amor. La mujer que folla es una puta, el hombre que folla es un machote. El hombre que hace el amor es un mariquita (asociado a la feminidad por tanto).

Así, tal y como hemos desglosado, el ideal de amor romántico que se nos inocula viene a sustentar la asimetría propia de las relaciones en las que exisre violencia. Por eso mismo, existe en nosotros una predisposición a las relaciones de poder que está avalada y justificada socioculturalmente.